Sábado, 29 Enero 2022 | Login
¡Nos tomamos la calle!  - Gran apoyo desde Suecia a las protestas en Chile La manifestación inundó la calle de Drottninggatan. Foto Marisol Aliaga.

¡Nos tomamos la calle! - Gran apoyo desde Suecia a las protestas en Chile

El lunes a las cinco de la tarde tuvo lugar una manifestación multitudinaria en el centro de Estocolmo, en apoyo a la movilización ciudadana en Chile y en repudio a la política y a las medidas opresivas del gobierno de Sebastián Piñera.

Al igual que compatriotas en todo el mundo, los chilenos residentes en Suecia siguen con atención el desarrollo del estallido social en Chile. Este jueves a las cinco de la tarde habrá una nueva manifestación, esta vez en la plaza de La Moneda, Mynttorget, frente al palacio y al parlamento, en Estocolmo.  

 

 Por: Magazín Latino

 

Este lunes 21 de octubre por la tarde, chilenos residentes en Suecia y ciudadanos de distintas nacionalidades se manifestaron en el centro de Estocolmo para apoyar la lucha del pueblo chileno en contra de las injusticias sociales y en repudio a las medidas opresivas del gobierno de Sebastián Piñera.

 

La manifestación partió, con cánticos y consignas, frente a la Embajada de Chile en Suecia, donde, más temprano, distintas agrupaciones habían hecho entrega al embajador, Hernán Bascuñán, de una carta dirigida al presidente de Chile. La carta condena la brutal represión que está sufriendo el pueblo de Chile.

 

Desde el frontis de la embajada se inició un paseo por la calle Drottninggatan, hasta llegar a la plaza de Sergel, Sergelstorg, en pleno corazón de Estocolmo, donde los manifestantes ocuparon por completo los peldaños de la escala de la emblemática "plattan".

 

“¡El pueblo unido jamás será vencido!”, "Renuncia Piñera", "¡Asamblea Constituyente ahora!", fueron algunas de las consignas de la demostración que bañó de tricolor el cielo azul del atardecer de Estocolmo. 

 

"Somos los nietos de los que no pudieron matar", rezaba una de las pancartas, como se puede apreciar en las imágenes obtenidas por nuestro medio.

 

Para ver las fotos en el grupo del magazín en Facebook – haga clic

 

Hashtags: #Chile #ChileProtestas  #ResistaChile  #ChileDespertó

 


La manifestación inundó la calle de Drottninggatan. Foto Marisol Aliaga.  

 

 

About Author

Related items

  • El Winnipeg, el barco de la esperanza

    La pintora Cecilia Zabaleta y la escritora Thamar Álvarez son dos chilenas que comparten una historia: sus abuelos llegaron a Chile en el emblemático Winnipeg, el barco con el que Pablo Neruda ayudó a salvar a más de dos mil refugiados de la guerra civil española.

    ´ “Ni Cecilia Zabaleta ni yo pudimos conocer a nuestros abuelos. La pintora nació cuando su abuelo ya había fallecido y mi abuelo murió cuando yo tenía un año y cuatro meses. Solo alcancé a llamarlo “Tata Olo” ´, escribe, en esta columna, Thamar Álvarez.

     

      Por: Thamar Alvarez Vega

     

    Este fin de semana tuve la oportunidad de visitar la exposición “Boleto de Ida”, de la pintora chilena Cecilia Zabaleta, en el barrio de la Barceloneta, en Barcelona. Así expresado, sería la exposición pictórica de una inspirada artista nacional, pero su obra es mucho más que eso. Es un aporte muy valioso y emotivo a la memoria histórica chilena y española, por cuanto sus cuadros reflejan una experiencia familiar asociada con un evento histórico en el que muchos chilenos y chilenas estamos (me incluyo) involucrados.

    Este evento es la guerra civil española y, más en concreto, la llegada de un barco, el Winnipeg, al puerto de Valparaíso el 2 de septiembre de 1939. En su interior, llevaba a más de dos mil refugiados españoles, hombres, mujeres, niños y niñas. Entre ellos, el abuelo de la pintora, Antonio Zabaleta, procedente del País Vasco, y mi abuelo, Manuel Álvarez, de Asturias.

    El Winnipeg había sido fletado por el gobierno del presidente Pedro Aguirre Cerda, quien contó con la colaboración del poeta Pablo Neruda. Éste había sido cónsul en España durante el gobierno de la Segunda República (derrocada por el militar golpista Francisco Franco) y, meses después del término de la guerra civil, fue nombrado cónsul especial para la inmigración republicana española. Sus gestiones en Argentina y Uruguay, solicitando apoyo logístico para acudir al rescate de los refugiados españoles en suelo francés, fueron exitosas. El barco zarpó del puerto de Pauillac el 4 de agosto de 1939 y llegó a Valparaíso un mes después.

    Los casos de Antonio Zabaleta y mi abuelo Manuel Álvarez nos entregan datos importantes que nos permiten describir la suerte que corrieron los exiliados españoles en Chile: sus vicisitudes y destinos. Antonio Zabaleta era apenas un adolescente cuando embarcó; mi abuelo tenía más de veinte años. El primero embarcó solo, pero tuvo la inmensa fortuna de encontrarse con su padre en el navío. Mi abuelo embarcó solo y solo llegó a Valparaíso. Hubo, sin embargo, también muchas familias que pudieron embarcar y mantenerse unidas. En los años noventa, conocí en Santiago a una familia chileno-catalana descendiente de un matrimonio que llegó en el Winnipeg con dos hijas pequeñas. Solo la madre y la hija menor (hubo un tercer hijo nacido en Chile, pero a la fecha fallecido) sobrevivían en aquella época. La hija se desempeñaba como profesora en la Universidad Católica de Chile.

    La gran mayoría de los refugiados llegó con lo puesto y apenas unas pocas pertenencias; eran de clase media, y los hombres ejercían oficios. Asimismo, fueron esforzados trabajadores que salieron adelante trabajando duro y con perseverancia. Famosa es la anécdota que vivió Pablo Neruda antes de la partida del navío desde costas francesas. El poeta entrevistó uno por uno a los refugiados prestos a embarcar. Les hacía preguntas sencillas, y una de ellas era a qué se dedicaban en España para ganarse la vida. Uno de ellos le respondió que era corchero. Neruda le preguntó si era consciente de que en Chile no había alcornoques (el árbol a partir del cual se fabrican los corchos), a lo que el hombre, con firmeza castiza le respondió: “Pues los habrá”.

    Antonio Zabaleta, tal como cuenta su nieta, trabajó el primer tiempo en una zapatería, en Valparaíso; pero su buen corazón terminó causando que lo despidieran, pues a la gente pobre le regalaba los zapatos. Finalmente, se trasladó a Santiago, donde conoció a la que sería su esposa, y allí se afincó. Mi abuelo se desempeñó en diversos oficios y, a la fecha de su muerte (en agosto de 1966), trabajaba en una tienda de camisas en Valparaíso, donde se había radicado. Exiliado como estaba, se preocupó siempre de hacer llegar a su familia en España parte del dinero que ganaba. En Oviedo quedaron esposa y dos hijos con los que, lamentablemente, nunca pudo reencontrarse. Mantuvo siempre sus ideales republicanos y anarquistas, por lo que sus relaciones con la administración española en Chile (consulados, embajada) eran distantes y malas. Tampoco era asiduo del Club Español de Valparaíso, pues ahí se reunía la flor y nata del franquismo español. Con el tiempo, conoció a mi abuela Adriana y, debido a las malas relaciones con las autoridades, nunca pudo inscribir a mi padre (nacido en 1945), por lo que éste debió recuperar la nacionalidad española ya exiliado en Oviedo, a mediados de los años setenta. El exilio en 1974, esta vez de mis padres, mi hermana y yo tras el golpe de Estado de 1973, parecía convertirse en un karma familiar.

    Ni Cecilia Zabaleta ni yo pudimos conocer a nuestros abuelos. La pintora nació cuando su abuelo ya había fallecido y mi abuelo murió cuando yo tenía un año y cuatro meses. Solo alcancé a llamarlo “Tata Olo” (pues estaba muy pequeña aún para llamarlo “Tata Manolo”) y, eso sí, a ser una nieta regalona y muy querida por él.

    La exposición de Cecilia Zabaleta es mucho más que una muestra pictórica. Es un viaje al pasado en el navío del amor y de la memoria histórica de Chile y España. Un recuerdo emotivo y cargado de belleza a aquellos miles de refugiados españoles que llegaron a Valparaíso una noche de septiembre de 1939, solo con “boleto de ida”.

            

    Esplugues de Llobregat, enero de 2022

    Thamar Álvarez Vega

    Escritora y Psicóloga

     
    El abuelo de la escritora Thamar Álvarez Vega, Manolo Álvarez, llegó a Chile en el Winnipeg, que arribó al puerto de Valparaíso el 2 de septiembre de 1939. 

  • Gabriel Boric: "Hoy día, la esperanza le ganó al miedo"

    “Una saludable brisa ascendió, atravesó la cordillera chilena y alcanzó el mundo”, escribe Rubén Abrines Collins en este texto que respira poesía. Se refiere al triunfo de Gabriel Boric, el presidente electo más joven en la historia de Chile.

    A pesar de su juventud – 35 años – Boric es el presidente que ha recibido más votos en 170 años de democracia chilena.  En su primer discurso como presidente electo, citó a Allende, recalcó la necesidad de cuidar el proceso constituyente y expresó su deseo ser el presidente de todos. “Con nosotros, a La Moneda entra la gente”, dijo.

     

     Por:  Rubén Abrines Collins

      

    Una saludable brisa ascendió, atravesó la cordillera chilena y alcanzó el mundo.

    Hoy respiramos la mayor bocanada por la conquista democrática arrancada al poderoso y criminal fascismo económico, civil y militar en el Chile de las esperanzas largas y altas como su geografía.

    Con justificadas ganas de festejar este fantástico esfuerzo que venció todas las trampas del sistema impuesto por el fascismo nazi llamado Pinochetismo.

    No son inútiles nuestras razones y responsabilidades de hermanos.

    Hasta el último minuto del día de ayer al pie de las urnas el fascismo chileno justificó y defendió al candidato derrotado en las urnas.

    Es la advertencia para hoy, mañana y siempre de la amenaza al triunfo democrático popular.

    Se abrieron brechas en las alamedas de las que nos habló Salvador Allende, asesinado por los mismos que hoy salieron derrotados, después de largos años de lucha, en esta batalla puntual.

    Batalla con tantos muertos y desaparecidos, y los cientos a los que dejaron ciegos por los perdigones de los cuerpos represivos militarizados y policiales de este último gobierno neoliberal pro-yanqui.

    Hombres, aún no canten victoria, la perra que los parió aún está en celo.

    Nosotros los pueblos hermanos festejamos con esa porción de sufrido, combativo y organizado pueblo de Chile, de todas las condiciones, con auténtica solidaridad y modestia revolucionaria antimperialista.

    Como uruguayos.

    Sabemos que el destino común nos lleva por las mismas rutas.

    Aprendemos de nuestros aciertos y errores.

    Nosotros hagamos lo nuestro, no un sainete del logro del 56 por ciento que votaron para cambiar.

    Contra un 45 del fascismo nazi en una sociedad donde ir a votar no es responsabilidad cívica de todos.

    Seamos ponderados y mantengámonos alertas y prontos a defender esta conquista chilena.

    Sabiendo que.

    Este éxito democrático tiene raíz en aquel de Allende, en aquel programa de la Unidad Popular barrido a sangre y fuego, asesinando al presidente que defendió con armas en las manos la responsabilidad que le había sido otorgada.

    Saquemos ejemplo, aprendamos de ellos y de nosotros.

    No hagamos como los pequeñoburgueses que se cuelgan del primer envión político primaveral logrado por grandes masas y luego acaban en el camino del enemigo de la democracia bailando con el oportunismo y la traición, apartados de la voluntad popular por no entender el imprescindible papel de las grandes masas.

    Este gobierno uruguayo de oligarcas mediocres, cipayos, cola de ratón de la política exterior de EE.UU, que se otorga el derecho de calificar y opinar de la calidad y legitimidad de elecciones en el continente y de soslayar y omitir el régimen fascista - esclavista patriarcal de Quatar, se apresuró, sin entusiasmo, a saludar al nuevo presidente chileno.

    Digno de gobiernos, de presidentes y partidos del pasado mediocre.

    Un ejército de políticos uruguayos, economistas y charlatanes de televisión, nos quisieron embagayar a todos con el exitoso modelo en Chile, como Ernesto Talvi, la señora Arbeleche, el señor Alfi, los poderosos empresarios y caga tintas, bautizados por este gobierno como los Malla Oro.

    Más de un vejiga creyó como un niño que Papá Noel y los Reyes Magos no son los padres.

    Soy de los que sostienen que la memoria colectiva es un animal político que no descansa.

    Con seguridad nuestro mayor aporte a esta gigante bocanada de alegría de chilenas y chilenos de estas nuevas generaciones sea que del No de este gobierno hagamos un gigantesco SÍ.

    Y esta sea nuestra mayor muestra de solidaridad con los chilenos que se atrevieron a regalarnos su sacrificio con una sonrisa.

    Tú ves.

    Si con un SÍ alcanza.

     

    Sigamos.

     

    Rubén Abrines Collins

    21 de diciembre de 2021 

    Hospital Maciel.

    Cama 4.

     


    Gabriel Boric es el presidente electo más joven en la historia de Chile, un país donde la edad promedio de la población es 35,8 años. 

     

  • 11 de septiembre de 1973 - Una fecha para Nunca Más

    “Hoy se cumplen 48 años del golpe de Estado de 1973. Una traición imperdonable a la Constitución y al gobierno democráticamente elegido del presidente Salvador Allende, a Chile entero. Una acción bárbara, sanguinaria, criminal y asesina”, escribe la psicóloga y escritora Thamar Álvarez Vega. ¿Cómo vivieron los niños ese día fatídico en la historia de Chile? La autora nos comparte su experiencia y nos recuerda la importancia de la memoria histórica.

     

     Por: Thamar Álvarez Vega

     

    Hoy, 11 de septiembre, se conmemora uno de los eventos más duros, crueles y sanguinarios de la Historia de Chile. Pues se cumplen exactamente 48 años del golpe de Estado de 1973. Tengo claro que serán muchos los que rememoren este día desde su visión como militantes, simpatizantes, colaboradores, participantes o, simplemente, ciudadanos de a pie de la época de la UP y del gobierno del presidente Salvador Allende.

    Yo rememoraré ese día y los subsiguientes - previos al exilio de mi familia- desde la perspectiva de la persona que era entonces. Una niña de 8 años a quien el golpe de Estado alcanzó en su casa, en el seno de una familia de izquierdas, con abuelos, padres, tías y tíos militantes del PC y el MIR.


    Salvador Allende durante su campaña presidencial, con a los abuelos de la autora: Luis (a la derecha) y Raquel (izquierda). Foto: Privada. 

    Ustedes dirán que poco puede aportar a la memoria histórica y a la verdad una niña de tan corta edad. Pero se equivocarían. Pues lo que recuerdo de aquellos días impactó con tal fuerza en mi familia y en mi entorno, que me dejó imágenes, frases, escenas y, en suma, recuerdos imborrables. Como, estoy segura, ocurrió con muchos niños y niñas de entonces.

    El golpe de Estado comenzó muy temprano, en Valparaíso, puerto del que somos originarios todos los miembros de mi familia chilena. Mi abuelo, Luis Vega, era abogado y trabajaba como asesor jurídico del gobierno de Salvador Allende en la Intendencia de Valparaíso, sita en aquellos días en el edificio de la Armada, en Plaza Sotomayor. Desde muy temprano aquella mañana, captó movimientos sospechosos por parte de la plana mayor de la Armada e intentó alertar al presidente Allende por teléfono. No pudo. Fue detenido en la misma Intendencia y conducido, en primera instancia, a La Esmeralda, donde fue brutalmente interrogado y torturado. En los días y semanas siguientes, mi abuelo sería trasladado a Isla Dawson y, posteriormente, a los campos de concentración de Ritoque y Puchuncaví, donde seguiría sufriendo todo tipo de apremios y torturas.

    Mi padre, Víctor Manuel, fue exonerado de su trabajo y mi madre, Mariana, debió abandonar sus estudios universitarios en la Universidad de Playa Ancha pues esta cerró sus puertas con carácter indefinido desde el mismo 11 de septiembre. Ambos recibieron el aviso del golpe de Estado gracias a una vecina – en ese entonces vivíamos en la Población Empart de 15 Norte, en Viña del Mar – que recibió el llamado telefónico de mi abuela, Raquel, desde Valparaíso, y avisó a mis padres. Yo estaba en ese momento tomando mi desayuno, pues me aprestaba a acudir al Colegio Hebreo, donde estudiaba 4º básico. En ese mismo instante, con mi taza de té con leche en la mano, el mundo que me rodeaba cambió para siempre.


    Thamar junto a su hermana, Marcia y a su padre, Victor Manuel. Foto: Privada.

    El descalabro en mi familia podría verse como una metáfora, a escala menor, de lo que ocurrió en el país desde ese día oscuro. Un descalabro terrorífico que se volvió cotidiano en miles de hogares chilenos, y que para muchos de ellos duró 17 años.

    Muchas serían las remembranzas que podría compartir con ustedes de aquellos días. La visión del departamento de mis abuelos en Valparaíso luego del allanamiento sufrido por militares. El largo pasillo atestado de libros, revistas, posters, carpetas, que dificultaban el paso al transitar por este; los muebles corridos, las vitrinas volcadas, los cables arrancados de la pared… La detención de mi madre una noche de octubre, estando solas en casa, los golpes y gritos atronadores en la puerta, y cómo los militares se la llevaron no sin antes permitir – todo un detalle - que nos dejara a mi hermana y a mí al cuidado de una vecina, Inés; las detenciones de mis tías en la academia de guerra naval, el cuartel Silva Palma, y en el caso de una de ellas, en un barco de guerra, el Lebu; el llanto de mi abuela ante la violencia que sacudía a su familia; la radio transmitiendo una única palabra con voz tétrica y metalizada: “Esculapio”; el miedo y el desconcierto por la falta de información del estado de mi abuelo; mi padre alejado del peligro gracias al proverbial trabajo que un familiar le consiguió en Los Andes; la persecución que sobrevino después de la liberación de mi madre y mis tías; el transcurrir de los meses en un clima de amenazas constantes y la incertidumbre por el futuro del país. Y, finalmente, el exilio de toda mi familia, que dio comienzo a una diáspora que dura, para muchos de nosotros y nosotras, hasta el día de hoy.

    Sin embargo, no todos son recuerdos propios. Llegadas las Fiestas Navideñas y con mi padre ausente, mi madre, mi abuela, mi hermana y yo nos reunimos nuevamente en casa de Inés. Y lo que sucedió esa noche tuvieron que contármelo pues la tengo borrada, bloqueada. Por mi madre pude enterarme de que esa Nochebuena, ya oscuro, por el ventanal del jardín apareció una joven mujer disfrazada de Papá Noel. Desde dentro del departamento se apresuraron a abrir el ventanal y dejarla entrar, pues ya era hora del toque de queda. La joven les explicó que se encontraba sola, que su padre y su marido estaban presos y en paradero desconocido. Y que, sola y triste en su casa, había tomado la resolución de vestirse de fiesta y salir por la población a alegrar a los niños… Pero, allí sentada en el tresillo del salón, sus palabras se convirtieron en llanto desolado, que contagió a todos quienes la escuchaban. ¿A alguien puede extrañar que una niña bloqueara en su memoria una escena como esa?


    La autora junto a su hermana y a su madre. Foto: Privada.

    En una niña es comprensible. En un país, no. Hoy se cumplen 48 años del golpe de Estado de 1973. Una traición imperdonable a la Constitución y al gobierno democráticamente elegido del presidente Salvador Allende, a Chile entero. Una acción bárbara, sanguinaria, criminal y asesina. El principio de una dictadura cruel que duró 17 años y que significó miles de muertos, desaparecidos, exiliados, torturados, exonerados, relegados y mujeres violadas y también asesinadas y desaparecidas.

    Una fecha para no olvidar. Una fecha para Nunca Más.

     

    Esplugues de Llobregat, Barcelona, España

    Thamar Álvarez Vega 

    Psicóloga y escritora 

     


    Salvador Allende tenía una gran preocupación por los niños. El medio litro de leche diario fue una de sus emblemáticas medidas, que contribuyó a mejorar la calidad de vida, sobre todo de los niños que vivían en la extrema pobreza. Foto: Wikimedia.org.


    El Palacio de la Moneda siendo bombardeado, el 11 de septiembre de 1973. Foto: Archivos.

News Letter

Inscríbase a nuestro servicio de News Letter

  

Magazín Latino te informa en español